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viernes, mayo 01, 2009

EL AMENAZADO


Jorge Luis BORGES
(Argentino, 1899-1986)

ES EL AMOR. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La her¬mosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las pala¬bras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espaldas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intem¬poral, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levan¬ta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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miércoles, abril 15, 2009

Mis sueños de amor


Relatos cortos (anónimo)

En mis sueños aparecía un ser inteligente, hermoso, sensible, talentoso, creativo, divertido, fuerte y sabio, que me conquistaba totalmente con su amor. . .Pero los sueños no son más que el reflejo de los deseos. Nunca esperé encontrar a alguien con todas esas maravillosas cualidades entonces te conocí. . .y no solamente me devolviste la fe en los sueños, sino que eres un ser aún más maravilloso que el de mis sueños.
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miércoles, abril 01, 2009

Un héroe anónimo

Al final, todo acabó como él, nuestro héroe de esta historia, quiso que fuera. Hubo un día, sí, que se sintió muy seguro de levantarse a toda prisa y correr, llegar primero, ganar, sobre todo ganar. Pero el camino tuvo muchos obstáculos, abismos en los costados, lodo… No, no era tan fácil su avance, aquello lo comprobó muy pronto, después de que se viniera abajo con el primer tropezón. Y entonces sufrió mucho, porque las caídas duelen, enferman a veces; no obstante el dolor más profundo tuvo su origen en la desesperación que le produjo la impotencia. Estar ahí, detenido, inmóvil, sin poder dar un paso, viendo a las avecillas volar y cantar, recordando con añoranza los buenos tiempos, nostálgico (“Érase una vez un héroe de verdad que murió patéticamente por un simple tropiezo…”). Detenido, vertiendo sus pasos contra sí mismo. “¿Qué no lo vez?” No, nada. Suelen ser muy oscuras las travesías, luego la negrura de la noche, el frío viento, los dolores que cada vez avanzan más, hasta lo más profundo, la estoica paz que se ahonda con cada sufrimiento…, y en fin, pronto amanece y al menos hay una seguridad de que el sol va a calentar un poco.

Finalmente su gran día se fue volando, desapareció en el infinito, murió. Sin embargo, aún perdido, este día siguió latente en su cerebro. Eran escenas ficticias nada más, vagos recuerdos; pero ahí estaba en ciertos lapsos, asomándose a su credulidad. Entonces era una gran hazaña su vida, un complemento de todo lo humanamente vivido. Grande, sabiondo de los conceptos que atañen a los letrados, conocedor del arte y otras expresiones, reflexivo, un héroe, sí, veredicto final de su doctrina. Claro que, en todo caso, siempre habrá mucho de ficción, engaño, estafa, ¡y qué!, ¡vale el momento!, ¡importa las expectativas del presente!

Acabó mal, ya lo sabemos. Se dejó caer, su cuerpo rígido se fue encogiendo aún más, hasta comprimirse y formar parte de la estulticia inerte que lo conforma el todo. En adelante, tampoco lo ignoramos, él, nuestro héroe caído, será como todos nosotros. O quizás suceda, en el mejor de los casos, que olvide todo y enloquezca.
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lunes, noviembre 10, 2008

El rosal y las violetas

(Este es un caso prioritario, de necesidad; vean: Por el descampado de enfrente, unas musas primitivas que residen en un helicón improvisado sostenido en el aire por nadie e inmóvil, no reparten sueños ni afanan a poetas. La razón, dejando constancia de que mi apreciación pudiera parecer inventada, es aquello que le rodea. El escenario es sombrío: si nos fijamos bien, lo que está abajo, cerca del alambre, es un dibujo hecho con carbón, y los clavos, ¡ah!, y también el alambre, a propósito, no han sido usados más de una vez. Creo que aquí, apartando la modestia a un lado, lo que sobra son las rosas que están más allá. Las musas sí gustan: ellas tienen alas de quirópteros, los brazos llenos de pelos, las cabezas ensanchadas con orejas grandes y las bocas entreabiertas con dientes minúsculos y afilados. Las más grandes poseen hasta tres cabezas y cinco bocas; en cambio, las de menor tamaño, a veces no cuentan más que con algún órgano mal ubicado. El clímax del caso que referimos, termina aquí: el dibujo hecho con carbón está sobre una piedra, y este refiere a una musa enamorada de una cápsula de alguna violeta adúltera que la abandonó a su suerte. REFIERE, digo, aunque sólo se muestre dos rayas superpuestas, porque las canciones lo dicen. Y las canciones son los truenos y las nubes grises que pronto harán caer agua sobre la piedra con el dibujo hasta borrarlo.)
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Cobijada

(De las partidas en los juegos de mesa los consejos fluyen en cantidades alarmantes; y del verbo, le insistió, que se repone con artificios y ostentaciones fonéticas, no esperemos que adopte un sentido común. Pero si los desmedrados que decapitan remilgos con predicciones póstumas sobre los herejes se abrieran al susto, al menos, los convictos desatinados no osarían nunca a reventarse los perdigones de fuerza sacramental sobre sus repatriados esqueletos. Lo que digo, concluyó, o lo que he tratado de decirte, radica en tus desvelos. Y entonces ¿apago ya las luces?)
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Parecida

(Por encima del canto de los buitres que acechaban a las palomas incautas en los corredores y pórticos concurridos, su voz se imponía nebulosa y agria; su “cuello finísimo” [esto extraído de alguna revista de espectáculos y a modo de adulación], pezones grandes y esbeltez de parecer, quebrantaban la castidad de los siameses vitalicios que sostenían, por doquier, bálanos hinchados; y sus vibraciones, encaprichadas por deteriorar la sensatez, fluían versátiles.)
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Mantenida

(A expensas de las esperas, desacatando el alumbramiento de alguna falsa partida que los espasmos de la cruel sumisión impedían, sus consecuentes relieves sagrados desfallecieron en intereses redundantes y su voz de protesta se fue relegando a un “vi la luz, merezco las atenciones”. Atrás, dejadas en los escenarios de felpa, quedaron sus manías y bonanzas de placer; atrás, incluso, los entretelones postreros del mancebo recuerdo de ese dios sin barba que decide por el destino de la gante, que la harían dimitir del escarnio de sus años encima, se obstruyeron en manifiestos rumores que por siempre, desde que no se reanimaba con los espectáculos de repartos de saludos y bendiciones, se adhirieron al espanto de las retribuciones obligadas. O pudo el consuelo, retratando para tal la dulce contradicción, servirse de las eventualidades de sus anhelos y encaminarla al desapego: ¡congéneres ingratos, sin ellos las sonrisas se venían limpias!)
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Locuaz


(Volvieron los tiempos de cordura y paciencia. Sí, con el pasar de los años las marcas se borrarían. No tenía porqué apresurarse: con estoicismo sabría soportar. Qué le importaba las camisas, qué los malditos menesteres del falso ejemplo a llevar, qué la falta de conciencia, qué las calles llenas monárquicos, qué el sudor debido al trabajo en un día sacrificado, qué la brisa del mar estrellada en su cara un fin de semana cualquiera, qué sea lo que fuese; total, no merecía la vida que llevaba más que los otros.)
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domingo, noviembre 09, 2008

Frígida


(Alguna experiencia la marcó sin que por ello se sintiera obligada a desterrar sus ansias de continuar; aquella vez, si es que existió tal, sus entrepiernas se llenaron de lágrimas rojas y sus espacios, que merecieron un tiempo atrás la total reverencia de otros mortales lejos ya de su presencia, optaron por congelarse y por adoptar el rechazo al calor. Entonces no hubo consuelo que sirviera para su espanto, ni caricias, ni retenciones de bondad perpetua.)
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Enamoradiza

(Caminó, se recostó, resbaló por las caricias de los empedrados y qué fácil se impregnaba en su piel los deseos. Era ella la que se desvestía de sus encantos, la que dormitaba jugando a las esperanzas; era ella, sutil experiencia de divina creación, la que acogía con los remiendos del cumplido suelo a los cánticos y serenatas de adoración. Pero sus vastas manos, a veces, escarbaban pesares. En tal caso debía seguir. Sin demora, más allá otros parajes renacían gustosos.)
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