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miércoles, enero 06, 2010

EL RAYO QUE NO CESA



Miguel HERNÁNDEZ
(Español, 1910-1942)

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado
y del rostro y el beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.
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martes, enero 05, 2010

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO




Miguel HERNÁNDEZ
(Español, 1910-1942)

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
aislado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
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martes, abril 28, 2009

Era cano y moreno


Miguel hernández
(Fragmento del auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve, 1934.)

Era cano y moreno,
alto y mejor mirado que una roca
florecida de hinojos y cantueso,
nutrida de jarales.
Como la paz de bueno,
la regalada llaga de su boca,
entre la voz y el beso
destilaba panales.
¡Ay dolor sin compaña!
¡Ay pena sin pareja!
¡Ay qué grande sin él es la cabaña!
¡Ay qué sola sin él está la oveja!
Despiértate a mi queja:
no duermas, que me muero,
no mueras, que no vivo.
¡Válgame, mi cordero!,
¡qué triste!, ¡qué roncero!,
¡qué blanco!, ¡qué inactivo!
Te dio el sueño un acero,
y para que durmiera
te dieron en la frente
una piedra de mala cabecera.
¡Ay sangre! Espera, espera
que recoja tu vino diligente
antes que haga este monte regadío;
que mi amor no se quede de vacío,
que el sabor de tus venas me alimente.
¡Ay, no te acabes, fuente!
¡Ay, déjame pastar en tus corales
exprimidos por una mano dura!
Soy oveja metida entre zarzales,
si de tu amor mi boca fue pastura.
¡Ay, majada segura!,
no dejes que me pierda en los alcores
armados de alacranes y culebras;
que paste sola agrillo de temores,
que embarrancada quede en estas quiebras.
¡Ay flores!
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No hieles, viento, ahora


Miguel hernández
(Fragmento del auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve, 1934.)

No hieles, viento, ahora,
que se duerma mi cielo
hasta el día y la aurora.
No lo dejes de hielo.
No lo dejes de hielooó...
No lo dejes de hielooó...
Que estoy enamorada
de su mata de pelooó...
Pasa, paz, por su frente,
tu mano sosegada.
Pasa, paz, de repente,
que estoy enamorada.
Nocturno mediodía,
no levantes el vuelo.
Alma mía, alma mía,
no lo dejes de hielo.
No madrugues, rosada:
no vengas hoy de prisa,
que estoy, enamorada,
fuera de mi camisa.
Está que arde la nieve
con la luna lunada;
está que arde la nieve
de verme enamorada.
Dedos de terciopelo
quisiera para cada
caricia de mi cielo,
que estoy enamorada.
Está la luna en celo
sobre tornalunada.
Más pálida que el hielo
estoy enamorada.
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Por de fuera tengo la corteza áspera


Miguel hernández
(Fragmento del auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve, 1934.)

... Por de fuera
tengo la corteza áspera,
pero por de dentro tengo
tierna de palmito el alma.
Glorifico lo que toco,
de altura lo animo y gracia;
y el que me lleva, llevando
está la victoria en andas.
Para llegar al Señor,
fabrico eternas escalas
que, sin un arco de dudas,
suben rectas a su estancia,
y allí ya, resultan cálices
y ángeles de bronce y ámbar.
Muchos miran a mi altura,
no por los bienes que guarda,
sino por los que gotea,
maná de mieles y pasta.
¡Bienaventurado aquel
que sin fijarse en mis ramas
ni en mis frutos llegue a mí
sólo por amor, por ansia
de tenerme y de mirarme
con enamorada rabia!
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En tu angosto silbido está tu quid


Miguel hernández
(De Perito en lunas, 1933)

En tu angosto silbido está tu quid,
y, cohete, te elevas o te abates;
de la arena, del sol con más quilates,
lógica consecuencia de la vid.
Por mi dicha, a mi madre, con tu ardid,
en humanos hiciste entrar combates.
Dame, aunque se horroricen los gitanos,
veneno activo el más, de los manzanos.
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miércoles, abril 15, 2009

Besarse, mujer...


(Miguel Hernández)


Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
en toda la vida.

Ascienden los labios
eléctricamente
vibrantes de rayos,
con todo el fulgor
de un sol entre cuatro.

Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.

Descienden los labios
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.
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Ser onda, oficio, niña..


(Miguel Hernández)


Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo,
nacida ya para el marero oficio;
ser graciosa y morena tu ejercicio
y tu virtud más ejemplar ser cielo.

¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,
dando del viento claro un negro indicio,
enmienda de marfil y de artificio
ser de tu capilar borrasca anhelo.

No tienes más que hacer que ser hermosa,
ni tengo más festejo que mirarte,
alrededor girando de tu esfera.

Satélite de ti, no haga otra cosa,
si no es una labor de recordarte.
—¡Date presa de amor, mi carcelera!
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lunes, abril 13, 2009

Orillas de tu vientre (Miguel hernández)

¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo?
A mi lecho de ausente me echo como a una cruz
de solitarias lunas del deseo, y exalto la orilla de tu vientre.

Clavellina del valle que provocan tus piernas.
Granada que ha rasgado de plenitud su boca.
Trémula zarzamora suavemente dentada
donde vivo arrojado.

Arrojado y fugaz como el pez generoso,
ansioso de que el agua, la lenta acción del agua
lo devaste: sepulte su decisión eléctrica
de fértiles relámpagos.

Aún me estremece el choque primero de los dos;
cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas,
impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,
nos inspiraba el mar.

Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas,
dentellada tenaz que siento en lo más hondo,
vertiginoso abismo que me recoge, loco
de la lúcida muerte.

Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas.
Recóndito lucero tras una madreselva
hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada
del íntimo destino.

En ti tiene el oasis su más ansiado huerto:
el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan.
De ti son tantos siglos de muerte, de locura
como te han sucedido.

Corazón de la tierra, centro del universo,
todo se atorbellina con afán de satélite
en torno a ti, pupila del sol que te entreabres
en la flor del manzano.

Ventana que da al mar, a una diáfana muerte
cada vez más profunda, más azul y anchurosa.
Su hálito de infinito propaga los espacios
entre tú y yo y el fuego.

Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.
La losa que me cubra sea tu vientre leve,
la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,
la eternidad la orilla.

En ti me precipito como en la inmensidad
de un mediodía claro de sangre submarina,
mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,
y el clamor se hace hombre.

Por ti logro en tu centro la libertad del astro.
En ti nos acoplamos como dos eslabones,
tú poseedora y yo. Y así somos cadena:
mortalmente abrazados.

Nota: Poema Incompleto entre los borradores póstumos, recogido por Gue­rrero Zamora en Miguel Hernández, poeta (1910-1942), cit. En Obra poética completa, ed. cit., se incluye dentro del grupo de poemas no incluidos en libro escritos entre 1937 y 1939.
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