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viernes, septiembre 10, 2010

RAZÓN DE AMOR



Pedro SALINAS
(Español, 1892-1951)


¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y sólo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primera condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en dónde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

A esa, a la que yo quiero,
no es a la que se da rindiéndose,
a la que se entrega cayendo,
de fatiga, de peso muerto,
como el agua por ley de lluvia,
hacia abajo, presa segura
de la tumba vaga del suelo.
A esa, a la que yo quiero
es a la que se entrega venciendo,
venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,
de la gana de amor, surtida,
surtidor o garza volante,
o disparada -la saeta-
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.

¡Cómo me dejas que te piense!
Pensar en ti no lo hago solo, yo.
Pensar en ti es tenerte,
como el desnudo cuerpo ante los besos,
toda ante mí, entregada.
Siento cómo te das a mi memoria,
cómo te rindes al pensar ardiente,
tu gran consentimiento en la distancia.
Y más que consentir, más que entregarte,
me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas
recuerdos en escorzo, me haces señas
con las delicias, vivas, del pasado,
invitándome.
Me dices desde allá
que hagamos lo que quiero
-unirnos- al pensarte.
Y entramos por el beso que me abres,
y pensamos en ti, los dos, yo solo.

Dame, tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios, agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.

Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmóviles
el alta mar, la turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa,
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.

Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te aguarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.
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EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS


Miguel RAMOS CARRIÓN
(Español, ¿1851?-1915)

Desde la ventana de un casucho viejo,
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

Él solo, a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo,
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo,
siempre sola y triste, rezando y cosiendo,
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos; ve sólo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros.

Cada vez que pasa, gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirle: "¡Te quiero..., te quiero!...
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!...
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!...

A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista, sin duda, era el muerto,
pues cuatro llevaban en hombros el féretro
con la beca roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos;
los seminaristas iban en silencio,
siempre en dos filas, hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.
La niña, angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos.
Sólo, sólo faltaba entre ellos
¡el seminarista de los ojos negros!...

Corrieron los años, pasó mucho tiempo...
y allí en la ventana del casucho viejo
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
recuerda muy triste, las tardes de antaño,
¡al seminarista de los ojos negros!...
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AMOR CONSTANTE MAS ALLÁ DE LA MUERTE


Francisco de QUEVEDO y VILLEGAS
(Español)

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido.

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.
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DEFINICIÓN DEL AMOR



Francisco de QUEVEDO y VILLEGAS
(Español, 1580-1645)

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Este es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
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jueves, septiembre 09, 2010

CANTE HONDO


Antonio Machado
(Español)

Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

...Y era el Amor, como una roja llama...
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro,
que se trocaba en surtidor de estrellas-.

...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
-Tal cuando yo era niño la soñaba-.

Y en la guitarra resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza alienta.
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¿MI AMOR?...


Antonio Machado
(Español)

¿Mi amor?... ¿Recuerdas, dime,
aquellos juncos tiernos,
lánguidos y amarillos
que hay en el cauce seco?...

¿Recuerdas la amapola
que calcinó el verano,
la amapola marchita,
negro crespón del campo?...

¿Te acuerdas del sol yerto
y humilde, en la mañana,
que brilla y tiembla roto
sobre una fuente helada?...
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jueves, enero 21, 2010

ROMANCE DEL ACABÓSE




José Antonio OCHAITA
(Español)

Aquello puede acabarse
del modo que te convenga.

Yo te prometo colgarme
en el pescuezo una piedra
y echarme de noche al río
sin que tú misma lo sepas.

Yo estoy dispuesto a cargar
con la pólvora más negra
un cachorrillo de hierro
y que las sienes me muerda.

Yo buscaré un escorpión
de uña retorcida y negra
y dejaré que en mi pecho
toda su ponzoña vierta.

Esto se puede acabar
del modo que te convenga,
esta tarde o esta noche
o después, cuando amanezca.

Sólo con que tú me digas:
"Se acabó la historia aquélla."
Pero lo que no podrás
es que acabemos a medias.

Que en amistad trastoquemos
lo que fue pasión deshecha;
que tú vayas por la calle,
y yo por la calle venga,
y nos digamos "¡Adiós!"
como amigos que se encuentran.

Que tú digas: "¡Aquel tiempo!",
que yo diga: "¡Aquella fecha!",
y que los besos sorbidos
boca a boca, vena a vena,
no se nos pongan de pie
como claras bayonetas
y nos claven por cobardes
sobre la cruz de las piedras.

Amantes fuimos los dos,
que amarse no da vergüenza;
comimos el mismo pan,
pisamos la misma hierba,
y las paredes calladas
huelen, al que oler sepa,
a vida que hicimos juntos
llevando la misma senda.

Amantes fuimos los dos:
el fuego, tú; yo, la yesca;
tú, la soga; yo, el caldero;
tú, el aire; yo, la veleta;
Años enteros unidos
en una misma cadena
de sobresaltos y besos,
de conciencia y de inconciencia,
de quietud y de inquietud.
¡Ay, Dios, que si lo barruntan!
¡Ay, Dios, que si lo comentan!
¡Ay, que si me ven contigo!
¡Ay, que contigo me vean!

Besos entre sobresaltos;
entre amarguras, promesas.
Saber engañar a todos
y tener la verdad nuestra:
de estar por dentro casados
en una alianza secreta.
Casado estuve contigo,
arras fueron las estrellas,
y en el libro de la vida
quedó por siempre una fecha:
que era junio y era un día
que olía a cosas eternas.
Amantes fuimos los dos,
que amantes no da vergüenza.
Amantes fuimos de llanto,
amantes de complacencia,
amantes porque te di
todo lo que tú me dieras.
La vida tuya fue mía;
la mía, tú te la llevas.

Hasta ayer. Ayer me dices
claramente, por las buenas,
que nos conviene acabar
con aquella historia. ¡Aquélla!
Eso no nace de nuevo,
no la improvisas a ciegas,
eso, razón razonada,
"agua que viene de alberca
no se detiene ante nada".
¿Que vamos a acabar? Bueno;
como mejor te convenga.
Y estoy dispuesto a colgarme
en el pescuezo una piedra
y echarme de noche al río
sin que tú misma lo sepas.

¿Tú qué harás? ¿Entrarte a monja?
¿Beber solimán a ciegas?
¿Ponerte un ascua en las sienes
porque derritan su cera?
Sólo así podrá acabar
pasión que fue tan entera.
¿Pues otra cosa creías?
¿Pues otra cosa alimentas?
¿Qué amor se puede cambiar
en amistad sin ojeras?
¿Qué amantes y amigos son
como dos varas gemelas,
y que se corta la una
cuando la otra se seca?

¿Qué quien te tuvo en sus brazos
y saboreó tu lengua,
y hundió contigo la almohada,
junto a tu misma cabeza,
puede ser el amigo ese
que, cuando se le tropieza,
se le dice: "¡Adiós, amigo!",
y se sigue la vereda?

Pero ¿quién te ha trastornado,
quién te ha dado esa ceguera?
El amor, cuando es amor,
sólo tiene dos certezas:
el odio, verdad de sangre;
la muerte, certeza negra.
¿Qué vamos a acabar? Bueno;
como mejor te convenga.
Pero ¿amigos? ¡Nunca! ¡Nunca!
Te estoy deseando muerta,
me estoy deseando muerto,
pero sin amor a medias.

Si tú quieres, llámame;
yo te llamaré si esperas.
¡Hazme el nudo corredizo;
eche yo el nudo a tu cuerpo,
acabemos esta vida
que por tanto amor te pesa!
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viernes, enero 08, 2010

ROMANCE DE AQUEL HIJO...




Rafael de LEÓN
(Español, 1910-1982)

Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto,
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo;
pero con un corazón grande
y loco como el mío.

Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo una ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.

Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto;
y a mí, tal vez, que saliese
en lo triste y en lo lírico
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!...
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con siete estaciones,
un barco, un pájaro, un nido...
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!...

¿Te acuerdas, aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: -¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo!...-
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban de tu delirio.

Yo te escuchaba lejano,
entre mis versos, perdido;
pero sentí por mi espalda
subir un escalofrío,
y repetí como un eco:
-¡Cuando tengamos un hijo!...-

Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones,
sostenía el equilibrio
de una torre de esperanza
con un balcón de suspiros.

¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!...-

En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre alhucema y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes!
¡Qué sin gracia los vestidos!
¡Qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!

Tu velo blanco de novia
-por su olvido y por mi olvido-
fue un camino de Santiago
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro;
yo con otra he hecho lo mismo...

Juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.

Ahora, bajas al paseo
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman... ¡doña Manuela!;
usas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.

Nos saludamos de lejos
como dos desconocidos;
tu marido baja y sube
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana
de un modo triste y ridículo.

Pero yo no me hago cargo
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio,
y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
con un jazmín en los dientes
y a color como el trigo,
y aquella voz que decía:
-¡Cuando tengamos un hijo!...-

Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos
y yo paso por la calle
con mi pena y con mi libro,
dices, con miedo, entre sombras,
amparada en el visillo:
-¡Ay, si yo con ese hombre
hubiese tenido un hijo!...
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PROFECÍA




Rafael de LEÓN
(Español, 1910-1982)

Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo
que te casaste hace un mes,
y me quedé tan tranquilo...
Otro cualquiera en mi caso
se hubiera echao a llorar;
yo, cruzándome de brazos,
dije, que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro
ni enredarme en maldiciones,
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casao? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare
que no te guardo rencor.
Por qué sin ser tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
soy el que más te ha querío,
con eso tengo bastante.

Y haciendo un poco de historia,
nos volveremos atrás,
para recordar la gloria
de mis días de chaval.

¿Qué tiene el niño Malena?
Anda como trastornao
le encuentro cara de pena,
y el colorcillo quebrao.
Y ya no juega a la trompa,
ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa
subiéndose a cojer "níos".
¿No te parece a ti extraño?
¿No es una cosa muy rara
que un chaval de doce años
lleve tan triste la cara?...
Mira que soy perro viejo
y estás demasiá tranquila:
¿quieres que te dé un consejo:
Vigila, mujer, vigila
(Y fueron dos centinelas
los ojitos de mi mare):
Cuando sale de la escuela
se va por los Olivares.
¿Y qué es lo que busca allí?
Una niña. Tendrá el mismo
tiempo que él.
José Miguel, no le riñas
que está empezando a querer.
Mi pare encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre
y te compró unos zarcillos
y a mí un pantalón de hombre.

Yo no te dije.- ¡Te adoro
pero amarré en tu balcón
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tú fina y orgullosa
me ofreciste en recompensa
dos cintas color de rosa
que engalanaban tus trenzas.

—Voy a misa con mis primos
—Bueno te veré en la Ermita.
Y qué serios nos pusimos
al darte el agua bendita.

Más luego en el campanario
cuando rompimos a hablar:
Dice mi tiíta Rosario
que la cigüeña es sagrá
y el colorín y la fuente;
y las flores y el rocío,
y el romero de los montes
y el bronce de esta campana
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río,
y aquella cinta lejana
que le llaman horizonte.
Todo es sagrao, cielo y tierra,
porque too lo hizo Dios.

¿Qué te gusta más? ¡tu pelo!
Qué bonito le salió:
Pues -y tu boca y tus brazos
y tus manos redonditas,
y tus pies fingiendo el paso
de las palomas zuritas.

Con la pureza de un copo
de nieve te comparé,
te revestí de piropos
de la cabeza a los pies.
A la vuelta te hice un ramo
de pitiminí precioso.
Y luego nos retratamos
en el agüita del pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que se inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina.
Yo te pregunté: —¿En qué piensas?
Tu dijiste -¡En darte un beso?-
Y yo sentí una vergüenza
que me caló hasta los huesos.
De noche muertos de luna
nos vimos por la ventana.
¡Chis!... Mi hermanito está en la cuna
le estoy cantando la "nana".

Quiíitate de la esquina
chiquillo loco,
que mi mare no
quiere ni yo tampoco.

Y mientras tú cantabas
yo, inocente, me pensé
que nos casaba la nana
como a marío y mujer.
¡Pamplinas! Figuraciones
que se inventan los chavales,
después la vía se impone:
tanto tienes, -tanto vales.
Por eso yo al enterarme
que llevas un mes casá
no dije que iba a matarme,
sino que me daba igual.
Mas como es rico tu dueño
te vendo esta profecía:
Tú, cada noche entre sueños
soñarás que me querías
y recordarás la tarde
que tu boca me besó.
Y te llamarás: ¡Cobarde!
como te lo llamo yo,
y verás sueña que sueña
que me morí siendo chico.
Y se llevó una cigüeña
"mi corazón en el pico".
Pensarás: No es cierto nada.
Yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío,
ni tu novio ni tu amante,
sino el que más te ha querío:
con eso tengo bastante.
Por lo demás, to se orvía.
Verás como Dios te envía
un hijo como una estrella.
Avísame deseguida
me servirá de alegría
cantarle la nana aquélla:
Quítate de la esquina
chiquillo loco,
que mi mare no quiere
ni yo tampoco.

Pensarás: No es cierto nada.
Yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querío:
con eso tengo bastante.
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TOÍTO TE LO CONSIENTO





Rafael de LEÓN
(Español, 1910-1982)

¿Te acuerdas de aquella copla
que escuchamos aquel día
sin saber quién la cantaba
ni de qué rincón salía?...
¡Qué encanto! ¿verdad?
¡Qué duende, qué sentimiento,
pero qué estilo, qué voz!
Creo que se nos saltaron
las lágrimas a los dos.

"Toíto te lo consiento,
menos faltarle a mi mare,
que una mare no se encuentra,
y a ti te encontré en la calle".

No vayas a figurarte
que esto va con intención;
tú sabes que por ti tengo
grabao en el corazón
el querer más puro y firme
que ningún hombre sintiera
por la que Dios, uno y trino,
le entregó por compañera.
Pero es bonita la copla
y entra bien por soleares:
"Toíto te lo consiento,
menos faltarle a mi mare".

Y me enterao casualmente
de que le faltaste ayer.
Y nadie me lo ha contao,
nadie; pero yo lo sé.
Que tengo entre dos amores
mi cariño repartío;
si encuentro el uno llorando
es que el otro lo ha ofendío,
y mira, nunca me quejo
de tus caprichos constantes:
¿Quieres un vestío?... Catorce.
¿Quieres un reloj?... Con brillantes.
Ni me importa que la gente
vaya de mí murmurando
que si soy pa ti un muñeco,
que si me has quitao el mando...

Que en la diestra y la siniestra
tienes un par de agujeros,
por donde se va a los mares
el río de mis dineros.
Que yo con tal de que nunca...
de mi lao te separes...
"Toíto te lo consiento,
menos faltarle a mi mare".

Porque ese mimbre de luto
que no levanta la voz,
que en seis años no ha tenío
contigo ni un si ni un no,
que anda como una pavesa,
que no gime ni suspira,
que se le llenan los ojos
de gloria cuando nos mira.
Que me crió con su sangre
y me guiaba la mano
para que me persignara
como tó fiel cristiano;
y en las candelas del hijo
consumió su juventud
cuando era.. , cuarenta veces
mucho más guapa que tú,
tienes que hacerte la cuenta
que la has visto en los altares
e hincártele de rodillas
antes que hablarle a mi mare...
Porque el amor que te tengo
se lo debes a su amor.
Que yo me casé contigo
porque ella me lo mandó.

Conque a ver si tu conciencia
se aprende esta copla mía,
muy semejante aquel cante
que escucháramos un día,
sin saber quién lo cantaba
ni de qué rincón salía:

"A la mare de mi alma
la quiero desde la cuna.
Por Dios, no me la avasalles,
que mare no hay más que una
y a ti te encontré en la calle".
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PENA Y ALEGRÍA DEL AMOR




Rafael de LEÓN
(Español, 1910-1982)

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo...

Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone
la piel cada vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo te quiero.

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo,
que está robando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.

¡Ay pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!

¡Ay, qué alegría, alegría
quererte como te quiero!

Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo,
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.

Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
por acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.

Ayer, en la Plaza Nueva,
-vida, no vuelvas a hacerlo-
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me diste un beso.

Llegué corriendo a mi casa,
alcé a mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
los pisoteen por el suelo,
aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor, a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero.
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miércoles, enero 06, 2010

EL RAYO QUE NO CESA



Miguel HERNÁNDEZ
(Español, 1910-1942)

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado
y del rostro y el beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.
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martes, enero 05, 2010

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO




Miguel HERNÁNDEZ
(Español, 1910-1942)

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
aislado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
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jueves, diciembre 31, 2009

LA CASADA INFIEL



Federico GARCÍA LORCA
(Español, 1899-1936)

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revólver.
Ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy:
como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
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ES VERDAD



Federico GARCÍA LORCA
(Español, 1899-1936)

¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
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VOY A HACERTE FELIZ. SUFRIRÁS TANTO...




Antonio GALA VELASCO
(Español, 1937- ...)

Voy a hacerte feliz. Sufrirás tanto
que le pondrás mi nombre a la tristeza.
Mal contrastada, en tu balanza empieza
la caricia a valer menos que el llanto.

Cuánto me vas a enriquecer y cuánto
te vas a avergonzar de tu pobreza,
cuando aprendas —a solas- qué belleza
tiene la cara amarga del encanto.

Para ser tan feliz como yo he sido,
besa la espina, tiembla ante la rosa,
bendice con el labio malherido,

juégate entero contra cualquier cosa.
Yo entero me jugué. Ya me he perdido.
Mira si mi venganza es generosa.
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HOY VUELVO A LA CIUDAD ENAMORADO...




Antonio GALA VELASCO
(Español, 1937- ...)

Hoy vuelvo a la ciudad enamorado
donde un día los dioses me envidiaron.
Sus altas torres, que por mí brillaron,
pavesa sólo son desmantelada.

De cuanto yo recuerdo, ya no hay nada:
plazas, calles, esquinas se borraron.
El mirto y el acanto me engañaron,
me engañó el corazón de la granada.

Cómo pudo callarse tan deprisa
su rumor de agua oculta y fácil nido,
su canción de árbol alto y verde brisa.

Dónde pudo perderse tanto ruido,
tanto amor, tanto encanto, tanta risa,
tanta campana como se ha perdido.
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EL ARMA QUE TE DI PRONTO LA USASTE...




Antonio GALA VELASCO
(Español, 1937- ...)

El arma que te di pronto la usaste
para herirme a traición y sangre fría.
Hoy te reclamo el arma, otra vez mía,
y el corazón en el que la clavaste.

Si en tu poder y fuerza confiaste,
de ahora en adelante desconfía:
era mi amor el que te permitía
triunfar en la batalla en que triunfaste.

Aunque aún mane la sangre del costado
donde melló su filo tu imprudencia,
ya el tiempo terminó de tu reinado.

Hecho a los gestos de la violencia,
con tu mala costumbre ten cuidado:
tú solo no te hieras en mi ausencia.
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jueves, diciembre 10, 2009

CUANDO TENDRÉ, POR FIN, LA VOZ SERENA...




Antonio GALA VELASCO
(Español, 1937- ...)

Cuándo tendré, por fin, la voz serena,
sencillo el gesto, la ansiedad cumplida,
sigilados los labios de la herida,
mi pleamar cansada por tu arena.

Cuándo mi sangre trazará en la vena
su ronda acostumbrada y consentida,
y unánimes irán —corta la brida-
el fiero gozo y la dorada pena.

Cuándo estará mi boca sosegada,
suave el aliento, el beso compañero,
compartida la gracia de la almohada.

Cuándo llegará el día verdadero
en que me suelte ya de tu mirada,
para poder decirte que te quiero.
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martes, noviembre 17, 2009

LEONOR DE AQUITANIA (Qué doloroso es amar...)


Joaquín DICENTA
(Español, 1862-1917)

¡Qué doloroso es amar... y no poderlo decir!
Si es doloroso saber, que va marchando la vida
como una mujer querida, que jamás ha de volver.
Si es doloroso ignorar, donde vamos al morir;
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Triste es ver que la mirada,
hacia el sol levanta el ciego;
y el sol la envuelve en su fuego
y el ciego no siente nada.
Ver su mirada tranquila, a la luz indiferente
y saber que eternamente, la noche va en su pupila
bajo el dosel de su frente.
Pero si es triste mirar y la luz no percibir;
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Conocer que caminamos,
bajo la fuerza del sino;
recorrer nuestro camino
y no saber donde vamos.
Ser un triste peregrino, de la vida,
en el sendero, no podernos detener,
por ir siempre prisioneros, del amor o del deber.
Mas si es triste caminar y no poder descansar
mas que al tiempo de morir;
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Vivir como yo soñando, con cosas que nunca vi;
y seguir, seguir andando, sin saber por qué motivo
ni hasta cuándo.
Tener fantasía y vuelo, que pongan al cielo escalas
y ver, que nos faltan alas, que nos remonten al cielo.
Mas si es triste no gozar, lo que podemos soñar;
no hay más amargo dolor, que ver el alma morir,
prisionera de un amor: ¡y no poderlo decir!
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