martes, abril 21, 2009

Querido mio


ANTOLOGÍA DE CARTAS DE AMOR 
(escritas por adolescentes) 

Querido mío, te escribo porque no puedo más. Me hallo en un oscuro y frío edificio, en el que parece que no hay movimiento alguno. No oigo más que el ruido que hace el rozamiento de mi lápiz contra este papel. Llevo toda la tarde pensando en nuestra relación... Fuera hace una terrible tormenta que ojalá no acabe nunca, pues es el fenómeno que mejor describe el estado de mi desdichado corazón. Parece que fue ayer
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Querido amado mío


ANTOLOGÍA DE CARTAS DE AMOR
(escritas por adolescentes)

Querido amado mío: Me encuentro muy sola, en medio de un terrible infierno. Ayer por la mañana me marché a un país extranjero para poder superar esta tristeza que ha vencido mis ganas de vivir. Te escribo desde la orilla del mar sintiendo que mis recuerdos se desvanecen en el horizonte poco a poco, arrastrados por las fuertes olas hasta el fondo; donde ni siquiera los rayos del caluroso sol hacen más cálida la fría temperatura del agua. Ha pasado por mi cabeza la idea de ahogarme junto a ellos, pero, tal y como te prometí la madrugada en la que intercambiamos miradas por última vez, intentaré avivar las leves chispas que aún duran en mi corazón. Viviré para recordar mis mejores años de felicidad, junto a ti. Junto a la persona de la cual yo me enamoré. Siento que ya ha concluido mi tiempo de felicidad, ahora solo me queda torturarme día a día sabiendo que nunca volveré a ver esa sonrisa que tanto me alegraba. Con eso quiero decirte que mi vida sin ti no es lo mismo, porque me falta el azúcar que endulzaba mi vida. Espero que guardes está carta durante el resto de tu vida, porque para mí lo es todo. Un fuerte abrazo y sinceramente espero que no te equivoques con esta decisión de no formar parte de mi vida.
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Querida mía


ANTOLOGÍA DE CARTAS DE AMOR
(escritas por adolescentes)

Querida mía: Pensé que nunca llegarías y mi mundo era algo sin sentido, pero en el fondo de mi corazón esperaba que tú llegaras a llenar cada uno de mis espacios... Ha pasado un día, dos, tres y hoy, aún ahí estas. Me encantaría poder estar junto a ti, abrazarte y disfrutar contigo, poder sentir tu tacto y darte un beso. Llenas y fortaleces día a día mi corazón...Quiero que mis días sean eternos y que nunca olvides aquella noche. Hoy aún me parece increíble seguir sintiendo esas cosas que sentí cuando te conocí. Nunca podré olvidarte.
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sábado, abril 18, 2009

El amor y el hambre








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Carta XXX


XXX

Manuel, mal día. Olvidé dejarte dicho fueras a San Gabriel. Tuve que alojarme allá. Mal día, porque era mi cumpleaños y yo esperaba salir contigo al campo, toda la tarde. Llegué a las 12. No he salido hasta ahora (las seis) esperándote. Ya no vienes y estoy triste.

¿Por qué no me leíste los versos?

Dime la dirección de Prado. Tengo que escribirle.

Estaré aquí todas las mañanas.

Hasta pronto.

Tu L.
7 de Abril, 21
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Carta XVII


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)


Manuel, perdóname la que hoy te puse al correo. Tú sabes que no tengo fe en los seres, como tú no la tienes en Dios y que he tenido razón, mucha razón para creer lo que he creído, para escribir lo que he escrito y sangrar como he sangrado.

Voy a contarte para que, en parte, comprendas mi estado de ánimo, la impresión que el recibir tu paquete me dio.

Anoche te escribí la que recibirás con ésta. Me dormí muy tarde. Ha sido ésta una verdadera semana de Pasión (de Calvario) mía. Desperté esta mañana tan sin fuerzas físicas y morales, que me levanté a las 2 P.M. Tenía la certidumbre de que carta tuya ya no me llegaría y no mandé al Correo. A las 2, fue el mozo por iniciativa propia. Cuando me entregaron tu paquete entre otras cartas y diarios, mi emoción fue tan grande, Manuel, que no podía abrir la faja de la revista. Rasgada, me puse con una torpeza de manos paralíticas a hurgar entre las hojas. En las dobladas no estaba la carta. ¿Era que no venía? Cuando cayó en mis faldas la tomé y la empecé a leer en un estado indescriptible. Ríete de lo que voy a contarte: las manos se me sacudían como las de un epiléptico. No podía ni tener el papel ni leer, porque los ojos no veían... Créeme, Manuel, así fue.

Pensaba hallar ahí quién sabe qué sentencia, algo parecido a la que me mandaste una vez, ¿te acuerdas? y que también me dejó sin aliento.

Tuve que serenarme y guardar la carta unos momentos. Después respiré hondamente, como el que ha estado a punto de ahogarse, y me tiré sobre un sillón, como otra vez, exhausta por la emoción que casi me mata. ¡Qué dicha tan grande después de un martirio de tanto día!

Este no es amor sano, Manuel, es ya cosa de desequilibrio, de vértigo. ¡Y en mi cara beatífica, y en mi serenidad de abadesa! ¡Qué decires de amor los tuyos! Tienen que dejar así, agotada, agonizante. Tu dulzura es temible: dobla, arrolla, torna el alma como un harapo fláccido y hace de ella lo que la fuerza, la voluntad de dominar, no conseguirían. Manuel, ¡qué tirano tan dulce eres tú! Manuel ¡cómo te pertenezco de toda pertenencia, cómo me dominas de toda dominación! ¿Qué más quieres que te dé, Manuel, qué más? Si no he reservado nada, ¿qué me pides? ¿Quieres que llegue a estado más lamentable aún que el que te he pintado por la incertidumbre de lo que pasaba en tu predio de alma? Verdad es, Manuel, que tengo de la unión física de los seres imágenes brutales en la mente que me la hacen aborrecibles

Cuando hablemos tú justificarás esto que tú llamarás una aberración mía. Pero te creo capaz de borrarme del espíritu este concepto brutal, porque tú tienes, Manuel, un poder maravilloso para exaltar la belleza allí donde es pobre, y crearla donde no existe. A través de tu habla apasionada y magnífica, todas las zonas del amor me parecen fragantes e iluminadas. Tu esfuerzo es capaz, creo, de matarme las imágenes innobles que me hacen el amor sensual cosa canalla y salvaje. Tú puedes hacerlo todo en mí, tú que has traído a mis aguas plácidas y heladas un ardiente bullir, una inquietud enorme y casi angustiosa a fuerza de ser intensa. Gracias por tu promesa de eliminar toda violencia, todo apresuramiento odioso en el curso de este amor. Gracias! Bueno, dócil, generoso, te quiero mucho más aún. Buena seré para ti, generosa y dócil, tanto o más que tú. Te lo digo de nuevo: el saberme tuya me da una felicidad que no sé describirte: el oírme nombrar por ti como tu criatura, tu humilde y ruin pertenencia, me llena los ojos de llanto gozoso. ¡Tuya del más hondo y perfecto modo, Manuel, tuya como nunca lo fui de nadie; tuya, tuya! Lo repito para prolongar el gozo en mí. Perdóname este egoísmo.

Dices tú: "Esta plenitud de vigor (de amor) casi me es dolorosa. ¿Dejarás tú que mi linfa se la beba la tierra y no querrás beberla?" No, Manuel. Una loca sería. 1º si el amor se te hace doloroso yo no amaría bien si prolongara tu dolor sacrificándote a mi concepto absurdo de la unión de los seres. 2.º si tú me aseguras que esa unión agrega algo a la seguridad del amor, aprieta más la trabazón espiritual, si me convences, sobre todo, de que el hastío no sigue inmediatamente al abrazo estrecho, si me convences de que "tú no serás mío en absoluto sino cuando ese abrazo se haya consumado", entonces, Manuel, yo no podré negar la parte mía necesaria a ese que tú crees afianzamiento y, más que otra cosa, "no podré tolerar que haya una porción de emoción en ti que me haya quedado ajena por esta negación mía a darme del todo".

Porque yo quiero beber tu linfa toda, sin que en un hueco egoísta me reserves una parte de frescor y de exaltación. Te adoro, amado mío, y me vence este raciocinio: si la zona de amor que en mí no halla va a buscarla en otra parte ¿no habría torpeza y maldad en mí al negársela? Me vence ese raciocinio. Siénteme tuya, no dudes, no me arrebates nada, todo lo tuyo, me digo, es justo que me sepa a encantamiento y a dicha. Manuel, te amo inmensamente.

Ya te he dicho lo que me pasa. Dispongo de poco tiempo; no te doy más detalles. Piensa en mi amargura al sentirte en estos días amargos hostil para mí. Deseaba con locura tu palabra y tú callabas con una pertinacia inicua. He padecido mucho, pero ya el ánimo se levanta. Estos son los milagros del amor. Te ruego que no me retes por mi carta de hoy temprano. Si miras bien, soy yo quien tiene derecho hasta a pegar. Lluvia de golpes (de besos) te daría al tenerte a mano.

Deseo verte mucho más de lo que tú dices desear verme. Aún no es posible. Aprendamos a esperar. Yo no sé si en nuestro primer [encuentro] yo sea para ti como en mis cartas. ¡Te tengo un poco de vergüenza! Pero sé que deseo estar sola contigo para acariciarte mucho. Sé que querré tenerte entre mis brazos como un niño, que querré que me hables así, como un niño a la madre, desde la tibieza de mi regazo, y que cuando te bese perderé la noción del tiempo y el beso se hará eterno. Sé que me desvanecerá el goce intenso; sé que la embriaguez más intensa que me haya recorrido las venas la sacaré de tu boca amada. Sé que beberé un sorbo de dicha que me hará olvidar todos los acíbares que vengo bebiendo hace tantos años. Sé que seré capaz en mi exaltación de hacerme una prolongación de ti: de tu fervor, de tu alma suave, de tu carne misma. Manuel, yo espero la dicha de ti. Yo espero vivir contigo un momento supremo que pueda yo revivir en el recuerdo por cien años más de vida, sacando de esa visión divinización, dicha, para todo el resto de camino. Manuel, no puedo amarte más. ¿No lo comprendes así? ¿Pides más aún? En los labios mucho tiempo.
Tu L.
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Carta XIV


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)


13.-10 PM. Me levanté a las 3 PM. Llovía, hacía mucho frío y me quedé en cama leyendo. Después, he trabajado y sólo la noche me queda, como ayer, para conversar contigo.

Tengo mucho que decirte, Manuel, mucho. Pero son cosas que se secan al pasar a la palabra.

Me dices ingenuamente: "Dame la dicha, dámela; tú puedes dármela". Y conmovida hasta la tortura, yo miro en mí y veo con una claridad perfecta, que yo no podré dártela, Manuel. Amor, mucho amor; ternura, ternura inmensa como nadie, nadie, la recibió de mí; pero ni ese amor ni esa ternura te darán felicidad, porque tú no podrás quererme. ¡Si lo sabré yo, si lo habré comprendido bien! Este es el punto que tú evitas tratar y es el único que debiéramos tratar, porque es "el único que importa". Tú no serás capaz (interrógate a ti mismo) de querer a una mujer fea. Hoy, ayer, varios días, desde que mi viaje se ha decidido, vivo pensando en nuestro encuentro. Y me voy convenciendo de que va a ser él la amargura más grande de mi vida. Tú eres bondadoso, y querrás dejar ver el golpe, y (eso será lo peor) me hablarás con cariño. Tal vez llegarás a besarme, para engañarte más que para engañarme. He observado que hay en ti un gran deseo de engañarte, de creerte enamorado, de gritarte conmovido. Quieres conmigo aturdirte como con un mal aguardiente, para olvidar; no me alegues; ¿qué puedes alegar? Todo lo que dices, tu acariciar y tu emocionarte hasta lo más hondo es por lo que tú crees que soy yo.

¡Si fuera posible evitarte y evitarme el sufrimiento que, seguramente, te va a sangrar y me va a sangrar en ese encuentro! Pero, no hay remedio. Los dos lo queremos, los dos lo llamamos con desesperación. Yo lo querría mañana mismo. Porque te quiero más cada día y porque tampoco es posible que tú estés en el ridículo de una situación así: viviendo para un absurdo y por un absurdo.

Esto crece, y me da miedo ver cómo me estás llenando la vida. Todo me lo has barrido; los menudos cariños por las niñas, hasta por las gentes que viven conmigo, se apagan. No tengo tibieza de brazos, palabras afectuosas y actitud de amor sino para ti. Y hay todavía tres meses de espera; tres meses de quimera para ti y robustecimiento para mí de una cosa que, seguramente, tú mismo me pedirás que arranque. Te aseguro que no me parece ya un juego ni algo sin peligro. Me da miedo. ¿Qué hacer? No hay remedio. ¿Para qué hablar, fantasear contando con el futuro, si estamos edificando sobre una locura? Y no hay remedio. Alguna vez he pensado en mandarte un retrato mío en que esté parecida (porque el que tú conoces es muy otro) ¡pero eso es ineficaz! Tu imaginación siempre pondría luz en los ojos, gracia en la boca. Y algo más: lo que más ha de disgustarse en mí, eso que la gente llama el modo de una persona, no se ve en un retrato. Soy seca, soy dura y soy cortante. El amor me hará otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo. Además, tardo mucho en cobrar familiaridad con las personas. Este dato te dirá mucho: no tuteo absolutamente a nadie. Ni a los niños. Y esto no por dulzura, sino por frialdad, por la lejanía que hay entre los seres y mi corazón. ¿Conseguirán tus ojos aquel día mostrarme tu alma de modo que la confianza brote en el acto y eche los brazos al cuello en la realidad como te los echo en la imaginación? No, porque tus ojos, leales a tu alma, no tendrán luz de amor en aquel momento. Tú no podrás quererme, Manuel. Esto me lo he dicho mil veces hoy día. Mira, el Dmgo. ppdo. cuando ese hombre me hablaba de su simpatía por mí le oía con rabia como se oye a un embustero. Eso fuera de la irritación que da el que alguien le hable de ternura cuando se tiene llena el alma de ella, pero para otro. Y eso que ese hombre quizás pueda querer a una mujer fea, porque él no es lo que eres tú físicamente ni lo que eres como refinamiento de espíritu. No hay quién me convenza hoy a mí de que puede quererme. Sólo un idiota. Dime la verdad, Manuel. ¿Tan grande es la ceguera que tú mismo te has dado que nunca has pensado en lo que puede resultar de nuestro encuentro? Dime la verdad: ¿no te ha atormentado este pensamiento como me atormenta a mí? ¿Serás capaz, te dejará la bondad ser honrado para no tocarme, para no decirme una palabra más de cariño, después del desengaño?

Perdóname, pero yo no te creo capaz de esta generosidad, por lo mismo que tú ya conoces de antemano el efecto que hará en mí. No discutamos los modos de amarnos; hablemos de esto que es lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás fea? Tú ¿me querrás antipática? Tú ¿me querrás como soy? Te lo pregunto y veo luego que no puedes contestarme. Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad de un niño y me dirás: Sí. Te siento niño en muchas cosas y eso me acrece más la ternura. Mi niño, así te he dicho hoy todo el día y me ha sabido a más amor la palabra que otras. Esta ternura mía es cosa bien extraña. No fui nunca así para nadie. El amor es otra cosa que esta ternura. El amor es más pasional y lo exaltan imaginaciones sensuales. Me exaltan a mí sobre todo tus palabras doloridas y tiernas "desviadas un poco del ardor carnal". Quizás tu mirada me conmueva más que abrazo; quizás me dé tu mirar la embriaguez que los demás arrancan de caricias más íntimas. ¡Niño mío! Yo no sé si mis manos han olvidado o no han sabido nunca acariciar; yo no sé si todo lo que te tengo aquí adentro se hará signo material cuando esté contigo, si te besaré hasta fatigarme la boca, como lo deseo, si te miraré hasta morirme de amor, como te miro en la imaginación. No sé si ese miedo del ridículo que mata en mí muchas acciones bellas y que me apaga muchas palabras de cariño que tú no ves escritas, me dejará quietas las manos y la boca y gris la mirada ese día. ¡Ese día! Si voy a sufrir mucho ¿no será preferible evitarlo, Manuel? Pero es necesario. Te prometo procurar que estemos solos. Sería padecer más si fuera delante de otros. No te escribo más, aunque quisiera seguir. ¿Por qué? Porque esta carta me ha hecho sufrir más que otra alguna. Es terrible esta situación. ¿Serás capaz de quererme después de haberme visto? Como un heroísmo talvez. Pero yo no admitiría heroísmos de esa especie.

Tuya, tuya, completa, inmensamente.

L
Cuando me mandes un certificado, previéneme. Y pon la carta no tan a la vista. Pega dos hojas. ¿Por qué eres tan flojo? El mismo día de despachar el certificado despachas carta simple.
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