sábado, abril 18, 2009

Carta VII


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)


26.-La continúo. Iba una breve, en relación con mi kilométrico escribir.
Le empiezo a mandar los versos de mi librejo. Lo que me diga que elimine, lo eliminaré. Nadie está más desorientada que yo sobre lo que hago.

Parte del libro será de prosa. Me parece la mía muy amanerada, con algo de las muchachas siúticas. En el verso suelo obtener sencillez. Ese Himno Cuotidiano es un balbuceo. Se hizo hace mucho tiempo. Descanso en que me dirá verdad. Querrá Ud. evitarme el ridículo, que arrojado sobre una maestra es más lamentable que en otro caso cualquiera. Observará Ud. por ahí las dos cosas que luchan en mí: el amor a la forma y el amor a la idea. Este me ha vencido y así prefiero mi "Himno al árbol", que es un sermón rimado, la exposición de mi ideal de perfección, a mi "Angel Guardián"y a otras cosas finas. El niño arroja todo el encaje de la frase y coge vigorosamente el pensamiento. Lanzado este libro que ha sido mi razón de vivir con mi madre, en el año que se fue y a medio hacer ya el otro, ¿para qué voy a vivir si mi madre se me va? Yo sé que no sólo nadie me quiere, sino que nadie me querrá jamás. Cristo mío que me ves escribir, Tú me darás una nueva razón de existir porque, Tú lo sabes, hay días en que el llamado de las tumbas es demasiado vigoroso para no oírlo.

Espero su carta certificada. ¿Me traerá calor al corazón? Hoy lo tengo frío y triste, aunque hay sobre mí un cielo como para cobijar seres felices. Que esté muy sano.

¿Se acuerda de mi oración de ayer? Yo pedía querer plácidamente; no pedir nada, no poner carne senadora al colmillo de los celos. ¡Si yo pidiera siempre! He tenido hoy un día único; es un día de los de antes, de los de 1913 y parte de 914. En este estado de ánimo deberían contarme todos sus amores. No me sacarían una gota de sangre. He preparado mis clases, hice cuatro estrofas, contesté siete cartas y dos oficios, me he cansado, pero no de ese cansancio que hace sufrir. El corazón no me ha dolido. En suma: un hechizo, pero un buen hechizo. Cristo mío que me miras escribir, dame muchos días así. Empezaré mis clases sólo el 21. Gustosamente le escribiría todos los días, pero temo mucho cansarlo, Manuel. ¿Va mejorando? ¿Le ha vuelto tos y dolor de espalda? Suelo yo usar una fricción para este dolor y es infalible. Si arreglo sola mi encomienda de libros le pondría un frasco. Si me la arreglan no, porque daría margen a bromas. Me pasa algo curioso con Ud., yo no sé hacer remedios, no los he hecho nunca -a nadie y he aquí que sueño con hacérselos a Ud. Soñé una vez poniéndole unas franelas sobre el pecho. Otra vez,... Pero para qué le cuento niñerías? En una muchacha serían adorables; en mí, no. A propósito: le oí recitar a Lambrina en Concepción la "Cantiga de otoño" de Ric. León: ¡Qué tarde, amor, a mi heredad viniste!, y lloré mucho. ¿Verdad que tenía razón? Voy a rezar y luego me dormiré. ¿Sabe? Mi Angel Guardián está tomando las facciones suyas. Es peligroso... Buenas noches, Manuel.

Su L.
25 de Febr.
Continuar leyendo... »

Carta VI


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)


Acabo de leer su fecha 25-26. Ya fueron de aquí dos mías que Ud. ya ha leído. Por ellas sabe la causa de ese silencio que casi fue definitivo. ¿Razones para esa resolución extrema? me dirá Ud. Ninguna, Manuel; si desde algún tiempo yo he salido de la órbita donde se mueven los seres equilibrados. Pero ya el torbellino pasó, Ud. lo ha visto. Perdóneme tantas miserias y quiera justificarlas: ¡Me han hecho tanto mal en mi vida! Agregue a eso la convicción sencillamente horrible que tengo sobre mí: nadie me quiso nunca y me iré de la vida sin que alguien me quiera ni por un día. Estoy muy triste de saberlo enfermo, primero, por lo que Ud. padece; segundo, por todo lo que sobrevendría si Ud. se agravara. Cuando uno se enferma de grave mal nos consideran propiedad suya, como un objeto triste, los nuestros. Así lo tomarían a Ud. y yo no podría verlo jamás. ¿Comprende mi amargura? Es preciso que Ud. sane, porque quizás teniendo salud la vida nos ponga una fisonomía menos dura. A pesar de la ráfaga de locura que me pasó por la cabeza y por el corazón, yo le pido que confíe en mí. Mi verdad se la diré siempre. Le contaré todos mis tormentos, mis dudas, mis vergüenzas y mis ternuras.

Hoy ya no tengo mi paz de ayer. ¿Lo notó en la hoja que agregué a mi anterior? Pero yo soy robusta y puedo resistir mucho. Quiero que no discutamos "la manera de querernos". Si el amor es lo que Ud. me asegura, todo vendrá, todo, según su deseo. Si estoy en un error muy grande separando la carne del alma, toda mi quimera luminosa será aplastada por la vida y querré como Ud. desea que quiera. Pero no me engañe, Manuel, no me dé una mano reservando la otra para retener quién sabe a que fugitiva. Yo no estoy jugando a "querer poetas"; esto nos me sirve de entretención, como un bordado o un verso; esto me está llenando la vida, colmándomela, rebasando al infinito.

Dígamelo todo. (En poco más le diré cómo me escribirá con confianza.) Y cuando me conozca y el edificio dorado se derrumbe, sea honrado, dígamelo también. Yo no le pediré sino eso: lealtad, nada más. Yo lo sufriré todo: el no verlo, el no oírlo, el no poder decirle mío porque mío no puede ser; todo, menos que juegue con este guiñapo de corazón que le he confiado con la buena fe de los niños. Sane, no haga desarreglos; no se desabrigue; no ande demasiado; levántese tarde; no se exalte, coma abundantemente. Espero con ansia su carta. ¡No sé de su corazón hace tanto tiempo! Como sus cartas me dicen poco de él, se me antoja extraño, lleno de otros sentires, consumido de otra fiebre, repleto de otras cosas. ¡Si yo pudiera creer un momento siquiera que al menos hoy es mío, bien mío! ¡Si en este momento de ternura inmensa te tuviera a mi lado! En qué apretado nudo te estrecharía, Manuel! Hay un cielo, un sol y un no sé qué en el aire para rodear sólo seres felices. ¿Por qué no podemos serlo? ¿Lo seremos un día?

Tu L.
26 de feb.
Continuar leyendo... »

Carta V


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)



... Tengo un Cristo único con unos ojos que en vano busqué en otros. Más tarde te mandaré una copia de él.

Cuando vuelvo a mi cuarto tras larga ausencia tiene un modo especial de mirarme y de interrogarme. "¿Qué te hicieron? ¿Por qué vienes más triste?" Y yo: "Señor, yo quería remendar la saya rota de mi pobre vida. Dulce mano fina como la tuya me daba hilos claros, flequería de aurora, para unir los jirones. Yo estaba como en un encantamiento. Pero he aquí que la mano solía dar pocas hebras y era que tejía vestido de alegría a muchas almas. Como la otra vez, Señor, yo iba cantando por el camino segura de su mano que iba entre las mías; pero su cuerpo mismo me cubría a la otra mujer que iba prendida de su otra mano. Y sucede, Señor, que yo soy de esos pobres soberbios que no reciben sino el pan íntegro, que no admiten poner la boca para recoger las migajas del banquete. Tú ves, Señor, cómo sería piadoso que un día esta angustia suave que me exprime el corazón se hiciera mayor y me acostara ella en la tierra; Tú ves que se ahorraría alguna vergüenza y algún infortunio. Hoy no, dice que mi charla le entretiene y suele hacerle olvidar. Puede que así sea. Le llenaré los huecos de fastidio que se le hacen en el espíritu. Cuando ya haya dejado su soledad, lo cederé a los demás. Dije mal: él se cederá a los otros, Señor, Tú sabes que no hay en mí pasta de amante entretenida, Tú sabes que el dolor me ha dejado puesta la carne un poco muda al grito sensual, que no place a un hombre tener cerca un cuerpo sereno en que la fiebre no prenda. Para quererlo con llama de espíritu no necesito ni su cuerpo que puede ser de todas, ni sus palabras cálidas que ha dicho a todas. Yo querría, Señor, que Tú me ayudaras a afirmarme en este concepto del amor que nada pide; que saca su sustento de sí mismo, aunque sea devorándose. Yo querría que Tú me arrancaras este celar canalla, este canalla clamar egoísta. Y te pido hoy esto y no desalojar el huésped de la aurora que hospeda tres meses el corazón, porque te diré, es imposible sacarlo ya. Como la sangre se ha esparcido y está en cada átomo del cuerpo, como energía para vivir, del espíritu, como yemas de alegría.
Y esparcido así ni con tenazas sutiles se puede atrapar. Señor, es un diablillo! Cuando has creído tomarlo se te hace humo.

Lo que el Cristo me contesta irá después. Contéstame por certificado bajo mi nombre.
Suavemente, en las sienes.

25 de Febrero.- (1915)
Continuar leyendo... »

Carta 2


de "Cartas de amor"
(Gabriela Mistral)



II
Su carta me dejó sin voz, sin acción, hasta sin pensamiento; ¡a qué hondor ¡Dios mío! había llegado esto!
No será contestada. Mi anterior llevó palabras necias que, destinadas a acariciar, fueron a herir. ¿Por qué la escribí? Porque el destino lo quiso. Y esta última carta debió ser larga, tanto como esta amargura que vela a la cabecera de mi cama hace muchos días.
Manuel, yo rezaré por Ud. tanto como por mí, es decir, mucho.
Adiós, hermano.
Lucila
24 de Dic. 914.
-Por sus cartas, gracias; por lo que la última me ha desgarrado, gracias también.
Continuar leyendo... »

viernes, abril 17, 2009

Mis enlutadas


(Manuel Gutiérrez Nájera)


Descienden taciturnas las tristezas
al fondo de mi alma,
y entumecidas, haraposas, brujas,
con uñas negras
mi vida escarban.

De sangre es el color de sus pupilas,
de nieve son las lágrimas,
hondo pavor me infunden..., yo las amo
por ser las solas que me acompañan.

Aguárdolas ansioso, si el trabajo
de ellas me separa,
y búscolas en medio del bullicio,
y son constantes
y nunca tardan.

En las fiestas, a ratos se me pierden
o se ponen la máscara,
pero luego las hallo, y así dicen:
-¡Ven con nosotras!
Vamos a casa.

Suelen dejarme cuando, sonriendo,
mis pobres esperanzas
como enfermitas ya convalecientes
salen alegres
a la ventana.

Corridas huyen, pero vuelven luego
y por la puerta falsa
entran trayendo como nuevo huésped
alguna triste,
lívida hermana.

Ábrese a recibirlas la infinita
tiniebla de mi alma,
y van prendiendo en ella mis recuerdos
cual tristes cirios
de cera pálida.

Entre esas luces, rígido tendido,
mi espíritu descansa;
y las tristezas, revolando en torno,
lentas salmodian,
rezan y cantan.

Escudriñando el húmedo aposento
rincones y covachas,
el escondrijo do guardé cuitado
todas mis culpas,
todas mis faltas,
y hurgando mudas, como hambrientas lobas,
las encuentran, las sacan,
y volviendo a mi lecho mortuorio
me las enseñan
y dicen: Habla.


En lo profundo de mi ser bucean,
pescadores de lágrimas,
y vuelven mudas con las negras conchas
en donde brillan
gotas heladas.

A veces me revuelvo contra ellas
y las muerdo con rabia,
como la niña desvalida y mártir
muerde a la arpía
que la maltrata.

Pero en seguida, viéndose impotente,
mi cólera se aplaca.
¿Qué culpa tienen, pobres hijas mías,
si yo las hice
con sangre y alma?

Venid, tristezas de pupila turbia,
venid, mis enlutadas,
las que viajáis por la infinita sombra
donde está todo
lo que se ama.

Vosotras no engañáis; venid, tristezas,
oh, mis criaturas blancas
abandonadas por la madre impía,
tan embustera,
por la esperanza!

¡Venid y habladme de las cosas idas,
de las tumbas que callan,
de muertos buenos y de ingratos vivos...
Voy con vosotras,
vamos a casa.
Continuar leyendo... »

Canción de otoño en primavera


(Rubén Darío)


Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

La otra fue más sensitiva

y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!
Continuar leyendo... »

Poema 1



Pablo Neruda
(De Veinte poemas de amor y una cancion desesperada)


Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin limite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Continuar leyendo... »