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miércoles, abril 15, 2009

Cantar de los cantares


Canto tercero

Él
¡Qué hermosa eres, amor mío!
¡Qué hermosa eres!
Tus ojos son dos palomas
escondidas tras tu velo;
tus cabellos son como cabritos
que retozan por los montes de Galaad.
Tus dientes, todos perfectos,
son cual rebaño de ovejas
recién salidas del baño
y listas para la trasquila.
Tus labios son rojos
como hilos de escarlata,
y encantadoras tus palabras.
Tus mejillas son dos gajos de granada
escondidos tras tu velo.
Tu cuello es semejante
a la bella torre de cantería
que se construyó para David.
De ella cuelgan mil escudos,
escudos de valientes.
Tus pechos son dos gacelas,
dos gacelas mellizas
que pastan entre las rosas.

Mientras llega el día
y huyen las sombras,
me iré al monte de la mirra,
a la colina del incienso.

¡Tú eres hermosa, amor mío;
hermosa de pies a cabeza!
¡En ti no hay defecto alguno!

Baja conmigo del Líbano, novia mía;
baja conmigo del Líbano.
Contempla el valle desde la cumbre del Amana,
desde la cumbre del Senir y del Hermón,
desde las cuevas de los leones,
desde los montes de los leopardos.

Me robaste el corazón,
hermana mía, novia mía;
me robaste el corazón
con una sola mirada tuya,
con uno de los hilos de tu collar.

¡Qué gratas son tus caricias,
hermana mía, novia mía!
¡Son tus caricias más dulces que el vino,
y más deliciosos tus perfumes
que todas las especias de aromas!

Novia mía,
de tus labios brota miel.
¡Miel y leche hay debajo de tu lengua!
¡Como fragancia del Líbano
es la fragancia de tu vestido!

Tú, hermana mía, novia mía,
eres jardín cerrado, cerrada fuente,
sellado manantial,
jardín donde brotan los granados
de frutos exquisitos;
jardín donde hay flores de alheña,
nardos y azafrán,
caña aromática y canela,
y toda clase de árboles de incienso,
de mirra y de áloe,
¡todas las mejores especias de aromas!
La fuente del jardín
es un pozo del cual brota
el agua que baja desde el Líbano.

Viento del norte, ¡despierta!
Viento del sur, ¡ven acá!
¡Soplen en mi jardín y esparzan su perfume!
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Cantar de los cantares


Canto cuarto

Ella
Yo dormía, pero no mi corazón,
Y oí que mi amado llamaba a la puerta:
"¡Ábreme, amor mío;
hermanita,
palomita virginal!
¡Mi cabeza está empapada de rocío!
¡El rocío nocturno me corre por el cabello!”

“Ya me he quitado la ropa;
¡tendría que volver a vestirme!
Ya me he lavado los pies:
¡se me volverán a llenar de polvo!"

Mi amado metió la mano
por el agujero de la puerta
¡Eso me conmovió profundamente!
Entonces me levanté
para abrirle a mi amado.
De mis manos y mis dedos
cayeron gotitas de mirra
sobre el pasador de la puerta.
¡Al oírlo hablar
sentí que me moría!

Abrí la puerta a mi amado,
pero él ya no estaba allí.

Lo busqué y no lo encontré,
lo llamé y no me respondió.
Me encontraron los guardias
que hacen la ronda de la ciudad;
me golpearon, me hirieron;
¡los que cuidan la entrada de la ciudad
me arrancaron el velo con violencia!

Mujeres de Jerusalén,
si encuentran a mi amado,
prométanme decirle
que me estoy muriendo de amor.

Coro
¿Qué de especial tiene tu amado,
hermosa entre las hermosas?
¿Qué de especial tiene tu amado,
que nos pides hacerte tal promesa?

Ella
Mi amado es trigueño claro,
inconfundible entre miles de hombres.
Su cabeza es oro puro;
su cabello es ondulado
y negro como un cuervo;
sus ojos son dos palomas bañadas en leche,
posadas junto a un estanque;
sus mejillas son amplios jardines
de fragantes flores.

Sus labios son rosas
por las que ruedan gotitas de mirra;
sus manos son abrazaderas de oro
cubiertas de topacios;
su cuerpo es pulido marfil
con incrustaciones de zafiros;
sus piernas son columnas de mármol
afirmadas sobre base de oro puro;
su aspecto es distinguido
como los cedros del Líbano;
su paladar es dulcísimo.
¡Todo él es un encanto!

Así es mi amado,
así es el amor mío,
mujeres de Jerusalén.

Coro
¡A dónde se ha ido tu amado,
hermosa entre las hermosas?
¡Iremos contigo a buscarlo!

Ella
Mi amado ha ido a su jardín,
a su jardín perfumado,
a apacentar su rebaño
y cortar las rosas.

Yo soy de mi amado, y él es mío,
él apacienta sus rebaños entre las rosas.
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Cantar de los cantares


Canto quinto

Ella
Yo soy de mi amado:
los impulsos de su amor lo atraen hacia mí.
¡Anda, amado mío vayamos al campo!
Pasaremos la noche entre flores de alheña.
Por la mañana iremos a los viñedos,
a ver si ya tienen brotes,
si se abren ya sus botones,
si ya han florecido los granados.
¡Allí te daré mi amor!

Las mandrágoras esparcen su aroma.
A nuestra puerta hay fruta de todas clases:
fruta seca y fruta recién cortada,
que para ti, amado mío, aparté.

¡Ojalá fueras tú un hermano mío,
criado a los pechos de mi madre!
Así, al encontrarte en la calle,
podría besarte y nadie se burlaría de mí;
podría llevarte a la casa de mi madre,
te haría entrar en ella,
y tu serías mi maestro.

Yo te daría a beber del mejor vino
y del jugo de mis granadas.

¡Que ponga él su izquierda bajo mi cabeza,
y que con su derecha me abrace!

Él
Prométanme, mujeres de Jerusalén,
no interrumpir el sueño de mi amor.
¡Déjenla dormir hasta que quiera despertar!
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